Reseña «Todos los veranos del mundo», de Mónica Gutiérrez

3 de octubre de 2019
Todos los veranos del mundo_Mónica Gutiérrez_novela feelgood


Todos los veranos del mundo es la tercera novela que leo de Mónica Gutiérrez después de La librería del señor Livingstone y El noviembre de Kate (de las tres, mi favorita). En esta novela nos lleva de la mano de Helena a un pueblo perdido junto al pirineo catalán, Serralles, donde pasó todos los veranos de su infancia. Contada en primera persona y en presente, un estilo que no me suele gustar, Mónica Gutiérrez vuelve a sumergirnos en un cuento contemporáneo mucho más intimista en el que el optimismo se va abriendo paso a través de sus páginas y te toca directamente en el corazón.

Helena llega a Serralles después de varios años ausente. El miedo por reencontrarse con su familia es patente y su sorpresa es mayúscula cuando, al llegar, descubre que la vieja masía familiar ha sido remodelada y convertida en una escuela de cocina rural y que Marc, el niño que hacía de cada verano una aventura diferente, ha vuelto.

El disgusto inicial, el reencuentro con sus hermanos y con las sensaciones olvidadas de su niñez van evolucionando hasta que sus sentimientos reprimidos vuelven a transformarla en la niña que fue y la obligan a replantearse su presente y su futuro.


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Helena es una abogada que lleva una vida ordenada y planificada en la ciudad. Ha aprendido a ocultarse, a no expresar lo que siente ni lo que piensa, vive acomodada en una rutina que no le desagrada del todo. Por eso, cuando el siguiente paso en su relación sentimental es casarse, simplemente, se deja llevar.

Al principio conocemos a una Helena arisca, algo antipática y bastante rencorosa, aunque nuestra percepción va cambiando conforme lo hace ella cuando conoce al extraño dueño de La biblioteca voladora, conecta de nuevo con su hermana menor y consigue sincerarse con su madre.

Me ha encantado la relación de los tres hermanos. Helena, Silvia y Xavier son tan diferentes como lo son sus vidas y sus propósitos y, sin embargo, se entienden y son capaces de leerse más allá de las palabras. 


―Te he querido siempre ―pronuncia con voz ronca―. Lo sabes, ¿verdad? Me he condenado a esta vida sin ti, convencido de que acabaría olvidándote. Sin ponerme en contacto contigo, huyendo del pueblo cada vez que intuía que tú estabas. Con miedo de encontrarte al girar la esquina de piedra y descubrirte feliz de la mano de otro. Porque pensaba que era demasiado tarde y porque te conocí demasiado pronto.

Del otro protagonista poco puedo decir porque apenas tenemos pequeñas pinceladas a través de los ojos de Helena, que es la narradora de la novela. Marc ha ido dando bandazos de aquí para allá, siendo moderadamente feliz (me encantó esa expresión y lo que implica), hasta que vio claro qué quería hacer con su vida y cómo hacerlo.

Todos los veranos del mundo no es la novela de Mónica que más me ha gustado. Un, tal vez, exceso de clichés (volver al lugar donde el personaje principal atesora los mejores recuerdos de su infancia, el reencuentro con una amistad que siempre fue algo más, la indecisión ante su boda...) y un desarrollo demasiado predecible no han conseguido atraparme del todo. Aun así, la autora tiene una enorme sensibilidad para transmitir emociones y usa el lenguaje con una maestría y sutileza que me maravillan y me hacen volver a ella cada vez que quiero leer buena literatura.

Si todavía no la has descubierto, te invito a hacerlo sin demora.



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