Susanna Herrero presenta... En cada canción

2 de febrero de 2018
Susanna Herrero_En cada canción


 
Justo antes de empezar su nueva vida, Penny llega a Riviera Maya dispuesta a enfrentarse a aquello que removió todo su mundo años atrás. Mike es un joven apuesto que muestra sonrisas enigmáticas y que viaja al Caribe con sus primos para pasar unos días lejos de todo su mundo: ha tenido que crecer demasiado rápido y no confía en nadie. No puede hacerlo. La caída de una toalla propicia un encuentro entre ellos que derivará en un amor de verano de los que dejan huella. Pero no es más que eso: una historia corta de quince días. Intensa pero imposible de continuar. Mike y Penny vuelven a la realidad dispuestos a olvidar el mejor verano de su existencia, pero la vida les tiene preparada una sorpresa.


Susanna Herrero_En cada canción

 
En cada canción comienza en una playa de Riviera Maya. Penny y su hermana, Anna, viajan hasta allí para superar lo que sucedió tres años atrás en ese mismo lugar y así dejar de temblar cada vez que alguien menciona la palabra «Caribe».
 
Penny es profesora de Historia por vocación, vamos, una empollona de manual; de las que se lo saben todo, sí, pero también de las que te lo cuentan con un brillo en los ojos. Se ha pasado toda la vida estudiando para seguir los pasos de su padre y, a la edad de treinta años, ha alcanzado todas sus metas en ese sentido. Acaba de encontrar un trabajo que cumple con todos sus sueños… y algo más.
 
La primera mañana en Riviera, mientras toman el sol, las dos hermanas comienzan a hablar sobre un tío macizo con un bañador naranja fosforito que está haciendo surf y que, según palabras de Anna, parece estar buenorro: «Cualquier tío que se atreva a ponerse semejante horterada es porque está bueno y puede permitírselo». Cuando el chico sale del agua, Penny atestigua que su hermana tenía razón: es un tío macizo enfundado en un bañador naranja…, y le salva que está bueno que si no… ¿Un bañador naranja fosforito? ¿En serio?
 
Al día siguiente, Penny disfruta de unas horas en el spa del hotel y al salir de la ducha, solo con la toalla puesta y pensando lo poco práctico que es que las duchas no estén dentro de los vestuarios, ¡zas! se le cae la toalla, dejándola totalmente desnuda delante de tres chicos que se bañan en la piscina y que, al momento, dejan sus juegos para comenzar a silbar y a soltar impertinencias. Penny se acuerda de los romanos y casi de los hebreos, tiene una forma muy peculiar de jurar, y sale corriendo.
 
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Cosas del destino, más tarde, en una discoteca, se topa con el tío macizo de la playa del día anterior que resulta ser uno de los tres «capullos» que la han visto desnuda. «Tú eres la chica de la toalla», le dice él. Penny, dentro de todo su estupor, lo niega, la toalla solo cayó durante un microsegundo, así que no le dio tiempo a verla desnuda, pero se rinde en cuanto el chico se lo deja bien claro al confesarle que sabe de un lunar que tiene en cierta parte de su anatomía... Sin saber bien cómo, comienzan a charlar. El «capullo» se llama Michael y no quiere dar más información personal de sí mismo que nombre y ocupación: médico. Es bastante errático y no se deja conocer demasiado, pero está a punto de ver cómo su mundo (la oscura realidad que lo rodea) se pone patas arriba sin poder evitarlo. Ay, Mike, estás perdido.
 
Mike y Penny caminan hasta el hotel mientras intentan conocerse un poco más, y así comienza su historia que dura los quince días siguientes.
 
Comenzamos a caminar juntos, un par de transeúntes solitarios por una carretera desierta, los cuatro kilómetros que tenemos por delante hasta el hotel. Apenas se ve nada con la débil luz que arrojan las precarias farolas.
—Dado que me has engañado para que perdiera el autobús, tendrás que contarme algo para ente… entre… trenenerme. —¡Pero bueno! Qué palabra más complicada.
—¿Para qué?
—En-tre-te-ner-me —vocalizo cada sílaba.
—¿De qué quieres hablar?
—Podríamos hacernos preguntas personales, pero sin llegar a ahondar en temas personales.
Mike se detiene y me mira poniendo los brazos en jarras. «Este chico está sexy en cualquier postura que ponga. ¿A que sí, Penn?». Me cagüen… el nombrecito de las narices.
—¿Te das cuenta de que esa frase cae por su propio peso? —me pregunta.
—Claro que no. Puedo saber todo de ti, pero seguir ignorando tu apellido, tu procedencia, tu dirección…
—¿Me vas a interrogar sobre mi color favorito?
—No me hace falta. Sé cuál es tu color favorito —le digo muy segura.
—¿Ah, sí? —Deja caer los brazos y adopta una pose tan engreída y tan… arggg.
—Pues sí.
—¿Y cuál es?
—El naranja fosforito.
Mi boca se curva en un amago de sonrisa.
—¿Naranja fosforito? —me pregunta horrorizado—. ¡Ni de coña! Es el rojo.
—¿Estás seguro?
—Sí, bastante. ¿Cuál es el tuyo?
—El naranja fosforito.
Estallo en carcajadas. Y me doy cuenta de que no estoy mintiendo. Fue ver el trasero de Mike contoneándose dentro de ese bañador naranja y amor a primera vista. De su trasero, por supuesto. De él…, no. El amor a primera vista no existe.
—En algún momento tendrás que contarme la broma que hay detrás de todo esto.
—En algún momento —reconozco mientras arrancamos a andar de nuevo—. ¿Ves? Ahora nos conocemos algo más.
Me siento embriagada de felicidad, tengo ganas de hablar y no me da vergüenza decir lo primero que se me pasa por la cabeza. Las palabras me salen solas y no puedo dejar de sonreír.
«Eso es por los chupitos».
—Yo lo único que sé es que te estás quedando conmigo.
—Sigamos —le digo para cambiar de tema.
—Está bien. Acepto el reto. ¿Película favorita?
—Mmm…, Los Goonies —le contesto sin dudar.
—¿En serio?
—Ajá, mi hermana y yo la veíamos en bucle. ¿La tuya?
—Aladdín.
—¡Sí, claro! No me lo creo.
—Pues créetelo. Me sé todas las canciones. ¿Quieres que te las cante?
—No, gracias.
—Tú te lo pierdes, tengo una voz increíble. ¿Libro favorito?
Me detengo y lo miro a la vez que lanzo un suspiro profundo. También me tambaleo y Mike tiene que sujetarme.
—¿Qué? —me pregunta, extrañado, muy cerca de mi cara.
—Siguiente cuestión —le digo mientras me separo de él y avanzamos unos pasos más. He recuperado el equilibrio.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que te rías de mí.
—¡Oh, vamos! Yo te he dicho lo de Aladdín.
Tiene razón. Y, además, tengo la sensación de que me está tomando en serio.
—Está bien. No es un libro. Es más bien… una colección. —Mike me alienta para que continúe—: Ni te imaginas la cantidad de libros que he leído en mi vida, ni te lo imaginas —¡soy profesora de Historia!—, y nada me ha enganchado más y he leído tantas veces como…
—¡Suéltalo ya!
—Tintín.
—¿Tintín?
—¿Sabes quién es Tintín?
—¡Demonios! Claro que sé quién es Tintín. Pero no puede considerarse un libro.
—¿Por qué?
—Porque es un cómic.
Pego un grito ahogado.
—¡Es EL CÓMIC!
—Está bien, pequeña fanática, aceptamos Tintín como libro favorito.
—¿Cuál es el tuyo?
—¿Mi libro favorito? No tengo. No siempre se tiene un algo favorito. Nunca ha habido nada que me enganche como para leerlo por segunda vez.
—Eso es porque no has leído a Tintín.
—No me cabe la menor duda.
—¿Canción favorita? —le pregunto.
—No sabría elegir una, existen tantas buenas canciones. A ver, dame ideas, ¿cuál es la tuya?
—Creo que no tengo.
—¿No?
—Es un poco lo que acabas de explicar de que no siempre hay un algo favorito. Me gusta la música, pero creo que nunca me ha dado por escuchar nada en bucle. Lo escucho todo. Me gustan todas las canciones y a la vez no me gusta ninguna. ¿Tiene sentido?
—Creo que sí.
Aparto la vista de Mike y miro hacia delante. Nos quedamos un rato en silencio. Mientras caminamos, solo se oyen nuestras respiraciones y el ruido de nuestras pisadas en el asfalto. Y doy gracias al cielo por haber salido de fiesta con bailarinas.
—Entonces, te recordaré en cada canción —me dice de repente.
—¿Cómo?
—Creo que a partir de ahora cada vez que vea un libro de Tintín me voy a acordar de ti sin remedio, y, como no tienes una canción favorita, me acordaré de ti en cada canción que escuche.
—En cada canción —repito.
—Sí, en cada canción.
Lo más probable es que no volvamos a vernos, en un par de meses ni siquiera recordaremos nuestros nombres, pero no lo digo en alto. Le ha quedado tan bonita la frase que me da pena.
Caminamos unos minutos, u horas, en silencio, lanzándonos miradas descuidadas y riéndonos por nada. También hay algún que otro tropiezo, lo que provoca más risillas por parte de ambos. ¿De dónde viene esta risa floja?
«También son los chupitos».
Sin darnos cuenta, hemos recorrido casi todo el camino, porque nuestro hotel se ve a lo lejos. Y está amaneciendo.
—¿Te apetece tomar el sol, mañana, conmigo? —me pregunta a escasos metros de la recepción.
—¿Tomar el sol?
—Bueno, aquí no hay mucho más para hacer, es eso o nadar con tortugas marinas, y me parece algo agresivo para nuestra primera cita. ¿Qué me dices?
No necesito pensármelo. Me lo paso bien con él. Es divertido.
—Acepto tomar el sol contigo.
—Bien, dame tu número de teléfono. Mañana te mando un mensaje con mi ubicación en la playa.
Se lo doy. Le digo el número de carrerilla.
—¿Es el verdadero?
—Mañana lo sabrás.
Se despide de mí con un beso en la mejilla.
 


Una historia que ellos tildan de rollo de verano. Penny no cree que el amor pueda surgir en tan poco tiempo, y Mike, muchísimo menos.
La historia de Michael y Penny es de esas historias de amores de verano. Esas historias excitantes que duran poco, pero que no se olvidan y que casi todos hemos vivido en algún momento de nuestra vida; ya sea a los dieciséis, a los veinticinco o como simples espectadores de lo que viven otros.

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En ocasiones, esas historias de verano se convierten en algo más, en días que se suceden y que pareces pasar entre nubes; se convierten en vínculos para toda la vida, aunque pienses que jamás vas a volverlo a encontrar, aunque sabes que esos olores, y esos colores, no volverán.
Michael y Penny viven una historia de amor de verano de las que dejan huella; de las intensas. Pero el final de sus vacaciones llega y tienen que afrontar una despedida que los dos saben será para siempre, o eso creen... Ninguno de ellos tiene intención de continuarla en sus hogares; cada uno por sus motivos.

Pero, a veces, el destino tiene algo que decir por encima de nuestras decisiones, y eso es lo que les sucede a Michael y Penny, que se encuentran en el lugar menos esperado y en una nueva situación que hace que sus roles sean… complicados. Demasiado complicados.
 


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