9 de noviembre de 2016

Y la vida se apaga...

Y la vida se apaga_Apuntes literarios de Paola C. Álvarez


Hoy no voy a hablarte de novelas, personajes o de cómo está el mundo de la romántica. No voy a hablarte de romance, pero sí de amor, del amor inquebrantable que deberíamos sentir por la vida.

 
Nunca he vivido la espera de la muerte tan de cerca. He perdido a personas de mi entorno, a familiares y a seres muy queridos que han dejado una huella imborrable en mí, pero nunca de esta manera, descontando los minutos frente a una cama de hospital para la llegada del fin. No hay nada más intimidante. Pocas cosas hay tan frustrantes como la incapacidad de aliviar el sufrimiento ajeno.
 
No le tengo miedo a la muerte como tal, de hecho en los peores momentos de mi vida la he deseado fervientemente, pero desde que soy madre lo que me aterra es la idea de dejar a mis hijos solos o de perderlos.
 
Lo damos todo por hecho o por sabido, nos avergüenza dar un abrazo o decir te quiero, posponemos las oportunidades de mostrar nuestros sentimientos porque el ahora siempre está ocupado, la mayoría de las veces con chorradas. ¿Cuántas veces habéis salido de tapeo y en la mesa de al lado había dos personas mirando el móvil? Con lo bonito que es verse reflejado en los ojos del otro y aprenderse cada minúscula mota de color diferente que hace que puedas reconocer esa mirada entre un millón.
 
Creemos que ya tendremos tiempo y nuestros momentos se pierden entre luegos y después. Pero la vida no es infinita, se apaga. La de unos antes que la de otros y de repente añoramos todos esos momentos perdidos y lamentamos aquellos luegos deseando estar de nuevo en aquí y ahora.
 
A veces perdemos la noción de lo que somos. Somos aire, efímeros. Solo estamos de paso y en nuestra mano está dejar esa huella imborrable en las personas que amamos, el hacer felices a los demás a la vez que nosotros también lo somos. Cuando vives momentos como este, te das cuenta de que le das demasiada importancia a todo y aprendes a relativizar porque mañana puede ser mi luz la que se apague y entonces... ¿qué importancia tendrá que los deditos sudorosos del peque de la casa manchen el cristal que acabas de limpiar? ¿O que tus hijos se peleen a gritos? ¿O que no te haya dado tiempo a pasar el puñetero atrapapolvo? ¿Tan urgente es entregar hoy el trabajo? ¿De verdad todo eso es tan importante?
 
Yo siempre he pensado que la vida es sinónimo de sufrimiento, porque sí, porque llega un momento en que te cansas de levantarte después de cada zancadilla, de cruzarte con gente mala que goza con la miseria de los demás, de rozar la felicidad justo antes de que vuelva a escurrirse... Pero supongo que he alcanzado un grado de madurez en el que puedo mirar atrás y aprender de lo que he vivido, porque todos esos miedos, inseguridades y equivocaciones me han traído a donde estoy ahora, a este punto exacto en el que puedo afirmar que amo y soy amada y que me siento realizada como madre, mujer y escritora.
 
La vida, a pesar de todo, es un regalo precioso, único e insustituible, aunque duela y no sea eterna. Así que vive, ríe, llora, abraza tus sueños y nunca dejes de decir te quiero.
 
 

2 comentarios:

  1. ¡Qué entrada más bonita, Paola!
    Yo siempre cuento que para todo utilizo una frase. Si me agobio en el trabajo, si llego tarde a algún sitio, si no quiero ir y cumplir con alguna convención social, etc... siempre me cuestiono mentalmente: ¿Qué es lo peor que podría pasar?
    Y no. Ninguno de los posibles escenarios es tan terrible.
    Tenemos que relativizar y tenemos que valorar lo importante. Y suele estar en los pequeños detalles y en todas aquellas cosas que nos hacen felices.
    Un beso.
    PD: Me quedo con tu frase final.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Lidia! Me hace mucha ilusión tenerte por aquí :D
      Cuando la enfermedad te pega de lleno es cuando te das cuenta de lo poco que cuesta ser feliz y como dices, es en las pequeñas cosas donde tenemos que valorar lo importante.
      Un abrazo!

      Eliminar