3 de diciembre de 2015

El guitarrista silencioso y Ryan Adams


 
 
 
Ryan Adams se ha convertido en mi segundo artista favorito, por detrás de Bruce Springsteen, y no solo porque su último disco, “1989”, donde versiona canción por canción el álbum homónimo de la cantante Taylor Swift, tiene como inspiración el “Nebraska” del Boss y alguno de sus temas, “Shake it off” beba directamente del “I’m on fire” de Springsteen; tampoco porque el doble álbum en directo que sacó en la primavera de este año (“Live at Canerggie Hall”), donde hace un repaso a todo su repertorio acompañado únicamente de la guitarra y la armónica y, en algunas canciones, del piano, sea una obra maestra, una joya digna de los paladares más exquisitos y un derroche asombroso de talento. No solo por eso. Es porque este tipo lleva haciendo grandes canciones y grandes discos desde hace mucho tiempo, aunque debo reconocer que es con su faceta acústica cuando consigo conectar mejor con su música.


 

El mismo Ryan Adams ha explicado por qué ha versionado un álbum de nada menos que Taylor Swift, una de las reinas del pop actualmente, con unas ventas multimillonarias de su disco “1989”. Este disco tiene unos arreglos muy pop, melodías pegadizas que puedan tararear las adolescentes, pero tiene sobre todo profundidad en las letras, lo que revela a su vez el enorme talento de Swift no solo para la música, sino también como letrista. Desde luego que no está donde está por casualidad.

Durante uno de los numerosos viajes por carretera de Ryan Adams durante su último tour en 2014, escuchó el disco de Taylor Swift y se quedó prendado de él.  Al instante supo que esas canciones escondían más de lo que se podía apreciar a primera vista, y decidió hacer sus propias versiones de las mismas. No con el objeto de publicarlas, sino por el deseo de hacer algo distinto, una forma de tomar oxígeno después de años de tocar su propia música.
 

 

 
 

Tenía en mente hacer las versiones acompañado solamente de la guitarra, y grabarlas en una grabadora casera de cuatro pistas, tal y como hizo Springsteen en 1982 para grabar nada menos que el álbum “Nebraska”. Puede resultar curioso que Adams evocara este álbum, sin duda el más oscuro de Springsteen (junto con “Darkness on the edge of town”), para retratar el  “1989” de Swift, pero es que las canciones incitan a ello. Dejar las canciones desnudas, con otros tempos y cantadas desde otra perspectiva, hace que emerjan los sentimientos de melancolía, frustración y tristeza que esconden.

Es una lástima que al bueno de Ryan Adams se le estropeara la grabadora de cuatro pistas, y con ella se perdieran las versiones acústicas de los temas que había hecho. Quizás algún día las oigamos en uno de sus conciertos, pero lo cierto es que aquello hizo que Adams dejara de lado el proyecto y siguiera con la gira.
 

 

 


Al cabo de unos meses, una vez terminada la gira, y después de haber participado en el festival musical de Glastonbury, en verano, retomó lo que se había convertido en una espinita que se quería sacar y volvió al estudio, esta vez con la banda, para tocar aquellas canciones de Swift. Su objetivo era el mismo: hacer algo diferente, tocar algo que no fuera suyo y arañar en esas canciones que le habían impactado para sacar a relucir esas emociones que se escondían detrás los arreglos originales.

Entró en el estudio con la banda y versionaron todo el disco canción por canción, por orden, sin saltar a la siguiente hasta que no la hubieran perfilado bien la anterior. En unos días tuvieron todo el disco versionado, lo cual muestra hasta qué punto tenía claro Adams cómo debían ser las versiones. Lo escucharon y se lo enviaron a Swift para que hiciera lo propio. La cantante también quedó impactada por el resultado, llegando a decir sobre el hecho de que Adams versionara un disco suyo entero como algo surrealista y un sueño hecho realidad. Todavía no tenían intención de publicarlo, pero, después del visto bueno de Swift, se decidieron, gracias a Dios, a compartirlo con el gran público y no se quedó archivado.

El disco es, para mí, y a juzgar por las críticas, espectacular, tanto el original de Swift como la versión, más oscura, más íntima  y melancólica, de Adams. No perdáis la ocasión de escuchar ambos, si es que no lo habéis hecho.
 

 

 

Y a vosotr@s, ¿cuál os ha gustado más? ¡Comentad!

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