15 de agosto de 2015

Seguir respirando


Me asfixio, siento la garganta contraída mientras el sabor salado de las lágrimas se cuela por la comisura de mi boca y los ojos me arden. Necesito respirar o me ahogaré. Abro la ventana y saco la cabeza por ella pero no es suficiente así que me asomo hasta la cintura. Cierro los ojos y siento la brisa acariciarme la piel, el cabello roza mi rostro haciéndome cosquillas y una sonrisa se dibuja en mi boca. Mi cuerpo se balancea hacia delante y caigo... Caigo...

Me despierto con el grito aún retumbando en mis oídos, tengo el cuerpo empapado en sudor y las sábanas enredadas alrededor de mis piernas. Me tiemblan las manos mientras intento despegarme la camiseta larga que uso para dormir: está completamente húmeda y siento asco al tocar mi piel pegajosa. Tengo la boca seca y me levanto para coger la botella de agua que descansa en el suelo junto a mi cama. Echo un vistazo hacia las rendijas de la persiana. Todavía es de noche pero yo ya no puedo volver a dormir.

He sentido perfectamente el golpe al caer. El miedo me recorre las venas hasta el punto que siento como éstas arden, como si fuego líquido las recorriera en lugar de sangre.

Aquella ocasión no pude hacerlo pero hoy es el día. No puedo más. Nadie me echará de menos, no tengo amigos, ni nadie que comparta mi vida y para mi familia sólo soy un jarrón roto.

Deberían avisarnos antes de nacer, advertirnos que la vida es un fraude, un largo, larguísimo camino que hay que recorrer solo y yo estoy cansada de andar, de sentirme inútil, un estorbo, de no sentirme amada. La soledad me pesa como un plomo, me comprime, me desespera, me entristece... Y duele, duele como si tuviera el cuerpo abierto en canal y me desangrara poco a poco.

Toda mi vida he estado buscando mi sitio y no he sido capaz de encontrarlo, no hay un lugar para mí en este mundo y no quiero seguir sufriendo, no quiero seguir sintiendo este vacío que crece y crece sin remedio.

Entro en el baño y me miro al espejo. Parezco un espectro. Tengo la tez pálida y los ojos enrojecidos y hundidos, pero no me extraña. Llevo días sin dormir pensando en si he tomado la decisión correcta. Miro a través del reflejo la toalla en el suelo y el cuchillo depositado sobre ella; lo preparé antes de irme a dormir y trago saliva. La noto espesa y caliente. ¿Para qué seguir retrasándolo? Me siento sobre la mullida toalla, abro la tapa del wáter y apoyo el brazo izquierdo en él. Cojo el cuchillo y apoyo el metal frío en la base de la muñeca. Presiono un poco y un escalofrío me sube por la columna produciéndome espasmos en las manos.

Tengo miedo, no a la muerte, sino al dolor.

Presiono un poco más y siento la punta afilada atravesando mi carne. Fijo la vista en la gota de sangre que empieza a engordar formando una burbuja redonda, perfecta, de color rojo oscuro, casi negro, y la observo resbalar por mi piel hasta caer sobre el agua con un plof inaudible.

Cierro los ojos, no quiero llorar pero no puedo evitarlo y las lágrimas escapan de mis ojos como ríos desbordados. Noto el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas y pinchazos en el estómago. No puedo respirar, el llanto me lo impide e intento aspirar bocanadas en el escaso espacio del cuarto de baño. Me tumbo sobre las losas frías de la habitación, encogida sobre mí misma, llorando como no le he hecho en toda mi vida. No encuentro consuelo en ningún pensamiento ni en ningún recuerdo y pierdo la noción del tiempo.

No sé cuantas horas han pasado, pero a pesar del calor estoy helada y entumecida. Intento incorporarme y las piernas me fallan, me arrastro hacia el dormitorio y veo los rayos de sol atravesar las rendijas de la persiana.

Ha amanecido. He sobrevivido a otra noche eterna.

Me quedo sentada sobre la tarima con la espalda apoyada en la pared y la vista perdida en uno de los puntos de sol que inciden en los muebles. Suspiro. Parece que he tomado una decisión sin ser consciente de ella. No sé qué ha pasado pero me siento un poco más ligera, tranquila, en paz. Las lágrimas vuelven a dificultarme la visión, no sé si son de alivio o de pena, pero no intento retenerlas.

Voy a vivir. No llego a entender si es porque soy demasiado cobarde o porque soy más valiente de lo que creía, pero voy a hacerlo, al menos intentarlo. La vida es una puta mierda, lo sé, pero sólo tengo una y sólo depende de mi vivir desesperada por la soledad o hacer algo para remediarlo.

Me levanto y abro la persiana dejando que la luz entre a raudales hasta el último rincón del dormitorio. Después abro la ventana y enseguida el aire limpio se lleva todo el ambiente cargado que flota a mi alrededor. Me seco las mejillas con el dorso de la mano y respiro profundamente. Estoy muy cansada. Me dejo caer en la cama y me abrazo a la almohada mientras mis párpados caen pesados llevándome a la oscuridad.

Sí, voy a vivir... Pase lo que pase, voy a vivir.

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