31 de mayo de 2015

Volver a empezar - Capítulo 1


Capítulo 1

 

            La puerta de la sala de juntas estaba entreabierta; el sonido de los lápices escribiendo a toda velocidad sobre el papel y la melodiosa voz de su jefa llegaba hasta sus oídos de forma nítida.

            Conteniendo la respiración, Eve asomó la cabeza en la habitación dando gracias porque esa temible mujer estuviera de espaldas y no posara su mirada enfadada sobre ella reprendiéndola por llegar tarde, otra vez.

            —Pasemos al asunto de los Goldstein —decía en ese momento —No les ha gustado la campaña que hemos diseñado para ellos. Quieren algo más juvenil, que atraiga a otro tipo de clientes. Alan tendrás que rediseñar todo desde el principio —le comunicó Mónica sin apartar la vista de su block de notas.

            El director de arte apretó el lápiz entre los puños maldiciendo para sí. Le había llevado dos meses completos realizar esa campaña y ahora tendría que empezar todo de nuevo.

            —Bien chicos creo que eso es todo. Volved al trabajo. ¡Eve ven a mi despacho! —le ordenó sin dedicarle una mirada.

            Mónica salió con paso regio balanceando las caderas sobre unos tacones de vértigo seguida por Eve, que tragó saliva pensando en la reprimenda que le esperaba.

            —Cierra, por favor —le pidió Mónica cuando entraron en el despacho.

            Diligente, se sentó frente a su mesa y cruzó las piernas mientras mordisqueaba un lápiz y miraba a su jefa con expectación.

            —El puesto de jefe de equipo está vacante, ¿lo quieres? —le preguntó sin mirarla, concentrada en buscar unos documentos entre la pila que había amontonada sobre el escritorio.

            Eve la miró de hito en hito y mantuvo el lápiz en el aire sin saber si lo había dicho en serio.

            Su jefa levantó la mirada hacia ella esperando su respuesta y sonrió al ver la expresión de sorpresa reflejada en su pequeño rostro ovalado.

            —En cuatro años has pasado de becaria a ser mi ayudante personal. Si sigues así, estarás ocupando mi sillón en otros cuatro. Tienes mucho talento Eve, no lo desaproveches.

            —¿En serio quieres que sea jefa de equipo? —preguntó sin salir de su asombro.

            Era la primera vez desde que había empezado a trabajar en esa prestigiosa agencia de publicidad que su jefa la elogiaba de esa manera. Mónica Vincent pensaba que tenía talento.

            Se lo habría tomado a broma, si no hubiese escuchado esas palabras de su boca. Había trabajado cómo una esclava durante cuatro años para la implacable directora del departamento creativo, sólo para demostrarle que podía hacer aquel trabajo.

            Como jefa era exigente y perfeccionista hasta niveles inhumanos y la había llevado al agotamiento extremo en más ocasiones de las que quería recordar, siempre agobiándola con los plazos de entrega y su falta de ideas originales.

            Y ahora, con tan sólo veinticinco años, le ofrecía un puesto para el que pensaba que tendría que esperar al menos otros cinco años más.

            —Si no lo quieres se lo daré a otro —anunció volviendo a prestar atención a los papeles.            —¡No! —Gritó sobresaltando a Mónica —Quiero decir que sí, que lo quiero, ¡claro que lo quiero!

            Eve se levantó echándose a reír ante su propio nerviosismo, mientras su superior sonrió y la observó entrelazando las manos encima de la mesa, dejando al descubierto su perfecta manicura de cincuenta dólares.

            —Empezarás el lunes con una reunión a la que asistirán el planificador estratégico y el director de producción. Ven preparada, querrán saber todos los detalles de la campaña de Puma infantil.

            —¿El señor Jameson quiere que yo le explique el desarrollo de la campaña? Pero pensaba que….— se interrumpió mordiéndose la lengua antes de meter la pata.

            Hacía una semana le había expuesto sus ideas a su jefa y no le había pasado desapercibido el brillo codicioso de sus ojos.

            Mónica suspiró y estiró sus largas piernas por debajo de la mesa.

            —¿Pensabas que me había apropiado de tu idea? —adivinó con cansancio.

            —Yo…

            —¿Por qué crees que te he ofrecido el puesto a ti antes que a los demás? Ya te lo he dicho. Hace años que no veo a nadie con tanto talento. No soy la zorra egoísta que todos pensáis.

            —No creo que seas una zorra egoísta —dijo Eve rápidamente.

            —Pues deberías —dijo con firmeza, mirándola como un depredador a su presa. Finalmente esbozó una sonrisa.

            Eve se echó a reír y se giró para coger el tirador de la puerta.

            —No te defraudaré Mónica, te lo prometo —dijo con sinceridad volviéndose hacia su jefa antes de salir.

            —Ya lo sé encanto. Eres la única que merece la pena de ese atajo de lameculos.
 
            Eve intentó parecer escandalizada pero la sonrisa radiante que mostraban sus labios era imposible de disimular. Cerró tras ella con los ojos cerrados y una expresión soñadora.

            —¿Estás bien? —le preguntó Alan al pasar junto a ella cargado de carpetas hasta la barbilla.

            —Mejor que nunca. —Espetó mirando a su compañero sonriente y echó a andar hacia su mesa.

            —¿Te apetece tomar luego una copa? —preguntó con un deje de ansiedad, sabiendo que perdía el tiempo.

            —Claro, ¿por qué no?

            Alan la miró boquiabierto y enseguida un intenso color rojizo le subió por el cuello hasta las mejillas.

            —¡Genial! Ehh… podemos ir al Devil’s —sugirió con nerviosismo.

            —Vale… —contestó distraída sentándose en su mesa.

            Introdujo un pendrive en la ranura del ordenador y comenzó a transferir todos los archivos de la campaña de Puma que había guardado celosamente. Iba a ser un fin de semana agotador, pero pensaba preparar la mejor presentación que sus jefes hubiesen visto nunca.

            Alan revoloteó alrededor de ella un par de minutos más hasta que se dio por vencido de mantener una conversación. Sonrió ensimismado mientras se dirigía hacia su propia mesa de trabajo. ¡Iba a salir con la Frígida Sheffield! ¡Nadie iba a creérselo!

            Cuando llegó la hora de marcharse, Alan la dirigió hacia su coche posando una mano sobre la base de la espalda con cuidado de no incomodarla, estirándose cuan largo era, orgulloso como un pavo real al ver la mirada atónita de algunos de sus compañeros de trabajo.    Varios de ellos habían intentado salir con Eve en algún momento u otro, pero tras darse cuenta de que a ella sólo le interesaba su trabajo se habían dado por vencidos. Que a esas alturas estuviera con Alan, era toda una bomba para el club de cotillas de la empresa.

            El Devil’s era una discoteca del Soho que había abierto sus puertas no hacía mucho tiempo, pero rápidamente se había convertido en un lugar de moda en la ciudad, lo que explicaba la cantidad de gente que se agolpaba en el interior.

            Eve se quitó el abrigo mientras movía las caderas a ritmo de la música borrando de un plumazo todos los remordimientos que tenía, por haber aceptado aquella invitación teniendo tanto trabajo pero hacía una eternidad que no salía a divertirse. Al fin y al cabo, su ascenso merecía una celebración.

            —Vamos a la barra —le gritó Alan al oído para hacerse oír por encima de la música. —Está llenísimo, ¿no? —señaló con una mueca.

            Eve asintió observando a la gente a su alrededor, deseando salir a la pista de baile. Se volvió hacia Alan con la intención de invitarlo a bailar, pero él estaba intentando pedir sus copas al camarero infructuosamente.

Con una mueca dejó el abrigo sobre una barandilla redonda de acero que separaba la barra de la zona de baile y apoyó la espalda en ella sin dejar de mover los pies.

            —¿Bailas?

            Eve miró al hombre que se había dirigido a ella con un suave acento con los ojos abiertos como platos.

            Los ojos del desconocido, de un extraño tono castaño verdoso, la miraban con apreciación; el pelo oscuro le caía sobre la frente con descuido y su boca dibujaba una sonrisa seductora mientras esperaba su respuesta.

            —Claro —contestó ella sin aliento.

            Él agrandó su sonrisa y la agarró de la mano tirando de ella hacia la pista de baile haciendo que revolotearan mariposas en su estómago.

            Ryan la sujetó por la cintura y la atrajo hacia él con lentitud. Había deseado tocarla desde que la vio entrar en el atestado bar lleno de gente y ruido, el impulso había sido demasiado fuerte para ignorarlo. Sus hermosas piernas torneadas estaban cubiertas por unos leggins y un jersey largo de punto negro y manga corta que se ajustaba a sus curvas de manera escandalosamente atractiva. No llamaba especialmente la atención, pero había sido incapaz de mantenerse al margen.

            Ella le miraba con sus enormes ojos castaños y sonriendo mostró dos hoyuelos en ambas mejillas.

            En ese momento, su compañero de baile, tensó la mano sobre su cadera intentando controlar las ganas de besarla.

            —Nunca te había visto por aquí —le dijo sin apartar la mirada de su delicioso labio inferior.

            —Es la primera vez que vengo.

            —¿Has venido acompañada? —le preguntó sabiendo la respuesta. Había visto al tipo que iba junto a ella sujetarle la puerta al entrar pero lo había descartado de inmediato, ya que tenía aspecto de ser un amigo o un compañero de trabajo.

            —Con un compañero, ¿cómo te llamas?

            —Ryan.

            —Yo soy Eve.

            —Eve… ¿quieres que vayamos a un sitio más tranquilo? —le preguntó con suavidad sin dejar de mirarla.

            Con nerviosismo Eve trastabilló con los pies y se mordió el labio inferior, pensativa. Deseaba decirle que sí, pero su conciencia empezó a llamarla a voces y se apartó de él con una sonrisa de disculpa.

            —Lo siento, creo que te has llevado una falsa impresión. Yo sólo quiero bailar.

            —Es lo que estamos haciendo —replicó él esbozando una sonrisa traviesa y acercándola de nuevo a su cuerpo.

            —Ya sabes lo que quiero decir. No voy a “sitios” con desconocidos. —Eve se echó a reír y le puso una mano en el hombro para mirarlo con la cabeza ladeada.

            Ryan la soltó de repente y estiró el brazo para ofrecerle una mano con formalidad.

            —Ryan McKinley, veintisiete años. Soltero, fotógrafo profesional, el menor de cinco hermanos e hijo de una familia de ganaderos del condado de Clare, Irlanda.

            —Evelyn Shef…—echándose a reír, le estrechó la mano con delicadeza.

            —¡Eve! ¿Qué estás haciendo? ¡Te he estado buscando!

            Alan la miró enfadado antes de volverse hacia el tipo que estaba junto a ella. Con una mueca de disgusto paseó la vista por el piercing de su ceja, su camisa negra remangada y los viejos vaqueros desgastados.

            —Estabas ocupado y yo…

            —¡Vamos!

            Alan la agarró del brazo y empezó a tirar de ella. Estaba tan sorprendida que al principio no reaccionó, después se detuvo en seco y apartó el brazo de un tirón con el ceño fruncido.

            —¿Quién te crees que eres? —le espetó sin salir de su asombro.

            —Has venido conmigo, ¿por qué estabas con ese? —contestó chasqueando la lengua fastidiado.

            Estaba estupefacta y empezó a sacudir la cabeza alejándose de él.

            —Puedo estar con quien quiera —contestó dándole la espalda.

           Alan volvió a agarrarla pero enseguida tuvo que apartarse al sentir un puño que se estrellaba contra su ojo. Con un grito se tambaleó hacia atrás y se llevó una mano al ojo herido mientras miraba sumamente furioso a su atacante con el ojo sano.

            —¡Te denunciaré, hijo de puta!

            Ryan le ignoró y se volvió hacia Eve con una expresión preocupada en sus ojos.

            —¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? —le preguntó con suavidad.

            —¡En la oficina deberían llamarte zorra en lugar de frígida, si tanto te gusta relacionarte con tipos así! —se burló Alan furioso.

            Ryan se volvió hacia él tan rápidamente que Alan sólo pudo dar un alarido asustado antes de salir corriendo del local.

            Eve se llevó una mano a la sien y fue hasta el lugar donde había dejado su abrigo sin creer lo que estaba pasando.

            Comenzó a ponérselo enfadada, notando como su mal humor aumentaba a cada segundo pero sintió unas manos delicadas ayudándola y miró furiosa a Ryan antes de apartarse asqueada.

            —No me toques —siseó antes de echar a andar hacia la salida.

            Ryan metió las manos en los bolsillos del pantalón avergonzado. Su hermano mayor tenía razón al decir que era demasiado impulsivo y temerario.

            Agarró su chaqueta de piel negra de estilo motero y corrió tras ella, alcanzándola mientras intentaba parar un taxi sin éxito.

            —Deja que al menos te lleve a casa —le pidió deteniéndose junto a ella.

            Mirándole de reojo, estuvo realmente tentada a decirle que sí. Tenía la nariz larga y estrecha, el mentón definido y la barbilla muy masculina, y aunque el labio superior quizá era demasiado fino, su sonrisa era sensual y arrebatadora. Los bíceps se notaban a través de la tela de la camisa y la cintura, estrecha, daba comienzo a unas piernas fuertes y musculosas. No le sobraba un gramo de grasa. Era tan atractivo que tenía que controlarse para no babear como una idiota adolescente.

            —Ya has hecho bastante. Por una maldita vez que salgo a divertirme en cuatro años, ¡cuatro años! y me tengo que topar con un imbécil y un… un…

            Eve se volvió hacia él gesticulando mientras lo miraba de arriba abajo sin encontrar el adjetivo apropiado.

            —Déjame compensarte, por favor. Lo siento si te he ofendido pero ese tipo era un gilipollas y no permito que nadie insulte a una mujer delante de mí. —sonrió divertido y le colocó un mechón detrás de la oreja con ternura

            Eve volvió a morderse el labio inferior y lo miró a los ojos, incapaz de apartar la vista. Tenía los ojos más increíbles que había visto en su vida y sin saber por qué, se sentía irresistiblemente atraída por ellos.

            Tomando su silencio por respuesta, la cogió de la mano y fue con ella hacia donde tenía aparcada su moto.

            Eve, se detuvo paralizada al ver la extraordinaria Yamaha VMAX de color negro que estaba aparcada frente a ella. Le soltó la mano y empezó a dar vueltas alrededor de ella impresionada. Pasó una mano sobre el manillar y el asiento de piel para posteriormente sentarse a horcajadas sin pedir permiso.

            —Es una preciosidad. ¿200 caballos?

            —Tiene un motor de cuatro válvulas, horquillas telescópicas de cincuenta y dos milímetros y doble disco lobulado con pinzas de anclaje radial de seis pistones. — Ryan asintió gratamente sorprendido.

            —Deportiva, elegante y de alta tecnología. ¡Vamos McKinley! Estoy deseando que me des una vuelta en esta maravilla —exclamó entusiasmada. Seguía embobada admirando el precioso chasis de doble viga que abrazaba de forma robusta el impresionante motor.

            Ryan se echó a reír y desató el casco del copiloto para ponérselo a ella.

            —No imaginaba que fueses aficionada a las motos —le confesó sonriente mientras le abrochaba el casco debajo del mentón. Era la primera mujer que conocía que mostraba la misma pasión por el motor que él.

            —Mi padre esperaba un chico. Pregúntame lo que quieras sobre motos, ordenadores o videojuegos —contestó con una sonrisa burlona.

            Ryan volvió a reír y se sentó frente a ella.

            —¡Agárrate fuerte, cariño! Estás a punto de comprobar lo que es la verdadera velocidad.

            Puso el motor en marcha y un contundente y cautivador sonido salió de los cuatro silenciadores cortos de salida superior. Aceleró y salieron disparados sobre el asfalto.

            Eve se agarró fuertemente a su cintura y se constriñó contra su espalda sintiendo todo el calor que desprendía su cuerpo. Pudo notar el musculoso abdomen a través de la cazadora y por un momento deseó poder deslizar las manos por su piel desnuda. Con un suspiro, cerró los ojos y disfrutó todo lo que pudo del paseo.

            Para Ryan sentir sus manos alrededor de su cintura y su pecho apoyado contra la espalda era una auténtica tortura, aunque se lamentó profundamente cuando al fin llegaron a su destino. Apagó el motor de mala gana y descansó un pie en el suelo mientras la observaba quitarse el casco.

            —¡Ha sido fantástico! —Eve se alborotó el pelo y se bajó de un salto emocionada. Le devolvió el casco en silencio con una sonrisa radiante.

            Aproximándose hacia su cuerpo la besó con pasión mientras hundía una mano en su pelo y mantenía la otra en su espalda. Eve gimió y se alzó de puntillas para abrazarlo mientras le devolvía el beso sin timidez.

            —Déjame subir, Evelyn —susurró Ryan en su oído.

            Ella se apartó un poco asustada. No es que fuera melindrosa con respecto al sexo, pero tampoco era promiscua. Al observar sus ojos que habían adoptado un color verde oscuro, supo que no iba a dejar que se marchara. Con un suspiro volvió a engancharse a su cuello.

            —Está bien McKinley.

            Ryan sonrió triunfante atenazándola en volandas sin dejar de besarla. Eve se echó a reír y le pasó las llaves para que abriera la puerta de su pequeño apartamento de Queens.

 

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