26 de abril de 2015

Noche de bodas


Eve se echó a reír de nuevo cuando Robert empezó a murmurar al alcanzar la puerta de la cabaña. Estaba cerrada y le resultaba imposible sacar la llave del bolsillo sujetando a su mujer de aquella manera.

Afianzó el peso de Eve con una mano e intentó con la otra alcanzar la dichosa llave, pero no estaba en demasiada buena forma y el esfuerzo de sostenerla le estaba pasando factura.

―¿Necesitas ayuda? ―le preguntó ella, melosa, acariciando el lóbulo de su oreja con los dientes mientras deslizaba una de las manos por su espalda hasta alcanzar su trasero y toquetearlo con picardía antes de introducirla en el bolsillo y coger la llave.

El rostro de Robert se estaba tornando en un tono rojizo nada favorecedor y en cuanto atravesaron el umbral, tropezó cayendo los dos sobre el sofá, despatarrados.

Eve le rodeó el cuerpo con los brazos y escondió el rostro en el hueco de su cuello riendo a carcajadas. Muy a su pesar, Robert se unió a su risa, aunque pronto su hilaridad cambió al notar los dedos de ella moverse en el interior de su camisa. Se apartó un poco para mirarla a la cara y sonrió al ver su expresión risueña. Sus ojos se encontraron y la sonrisa de ella se hizo más amplia mientras le desabrochaba los botones y deshacía la corbata, besando con suavidad la piel que iba dejando al descubierto.

―Me encanta tu sabor ―murmuró mordisqueando uno de sus pezones.

Él suspiró antes de apartarse de ella y se sentó llevándola consigo haciendo que se acomodara a horcajadas sobre su regazo. Le rozó el rostro con el dorso de la mano, retirándole el pelo hacia atrás, hipnotizado por el brillo de su mirada.

El fuego crepitaba tras ella, en la chimenea que Jason había preparado horas antes, provocando que un halo dorado refulgiese a su alrededor. Era tan bella que por un momento se quedó sin respiración, confundido por su buena suerte y agradecido al destino por ponerla en su camino. Tenía el corazón tan henchido de amor y felicidad que no encontraba las palabras adecuadas.

―Te quiero ―dijo con voz queda después de un rato mientras ella se afanaba por desnudarlo con lentitud.

Eve levantó la mirada y le besó con ternura antes de responder del mismo modo. Se levantó y le dio la espalda girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

―Ayúdame ―le dijo refiriéndose a la hilera de pequeños botones que mantenían el espléndido vestido de novia todavía pegado a su cuerpo.

Su marido hizo lo que le pidió, se puso en pie y desabrochó cada botón tardando una eternidad, deslizando las yemas de los dedos por su espalda conforme ésta quedaba al descubierto.

El vestido cayó a los pies de su esposa, dejándola cubierta solo por la ropa interior de encaje y el liguero. Ella se giró para quedar frente a él y agarró el borde de los pantalones para terminar de desvestirlo y la tensión crecía entre ellos haciéndola casi insoportable.

―¿Quieres… quieres que subamos? ―preguntó él cerrando los ojos de golpe al notar las manos de Eve rodeando su excitación sin pudor.

―Después, tenemos todo el fin de semana ―respondió con la sonrisa de nuevo brillando en su mirada.

―Eve…

―Quiero que me hagas el amor en cada rincón, a cada momento, que no te separes de mí ni un solo segundo. Quiero recordar esta noche el resto de mi vida.

Robert gimió cuando sus calzoncillos siguieron el mismo camino que sus pantalones y no permitió que su mujer se arrodillara frente a él cuando intuyó su propósito. La sujetó de los hombros y la besó con ferocidad, buscando su lengua y recorriendo cada centímetro de su boca. Sus labios sabían a champán y a fresa y merengue, los mordió dejándose llevar por una pasión abrumadora antes de continuar por el contorno de su mandíbula hasta alcanzar el cuello.

Eve echó la cabeza hacia atrás para facilitarle el acceso  y le agarró del pelo mientras él deslizaba los tirantes del sujetador a lo largo de su brazo besando y lamiendo su piel hasta alcanzar la protuberancia de sus senos. Ella gimió cuando se introdujo un pezón en la boca y comenzó a succionar mientras una mano invasora se introducía en el interior de sus bragas y llegaba hasta la humedad entre sus piernas. Jadeó con los labios entreabiertos y los ojos cerrados  al sentir los dedos de Robert penetrándola y acariciándola con pericia, las piernas le flaquearon y ambos cayeron de rodillas sobre la alfombra.

Apenas podían pensar en nada que no fuera entregarse completamente el uno al otro, él se tumbó sobre ella y le sujetó los brazos por encima de la cabeza acariciando el interior de los antebrazos provocándole escalofríos, hasta alcanzar sus manos y entrelazar los dedos con los de ella.

La miró a los ojos y la besó con ternura introduciéndose lentamente en su calor, Eve alzó las caderas acelerando el proceso y él gruñó con la respiración agitada sintiéndose al borde del precipicio.

―Cariño…

―Te quiero ―murmuró ella mirándole a los ojos con los suyos llenos de lágrimas.

―Dios mío, Evelyn.

―Te quiero… ―repitió mientras las embestidas de su marido se hacían más profundas y rápidas.

Sus cuerpos se movían al compás, compenetrados como uno solo, y sus ojos apenas se desviaban de la mirada del otro hasta que alcanzaron el clímax con un estallido liberador que los dejó exhaustos y abotargados.

Robert no estaba seguro de haber gritado, había sido increíble, siempre lo era con ella, pero esa noche era especial. Era su mujer y volvió a sentir esa especie de felicidad incombustible expandirse por su pecho al levantar la cabeza y mirarla.

Sonreía de manera muy íntima, con expresión satisfecha y feliz, y la besó en los labios con delicadeza, orgulloso de haber sido el causante de su dicha.

Ella le apartó el pelo de la frente y pasó las yemas de los dedos por el contorno de mandíbula y nariz antes de besarlo con suavidad y atraerlo hacia ella para hacer que descansara la cabeza sobre su pecho.

Él suspiró antes de agarrar la manta que había caído a su lado desde el sofá y la extendió sobre ambos, sintiendo como el sueño empezaba a adormilarlo.

―Te quiero… Te querré toda mi vida, Evelyn, hasta mi último suspiro…

―Lo sé ―contestó ella entrelazando sus piernas con las de él antes de abandonarse al sueño pensando en el maravilloso futuro que les aguardaba.

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