18 de marzo de 2015

Desamor

Este relato se publicó dentro de la I Antología RA el pasado mes de febrero. Para todos aquellos que no pudisteis asistir al evento, os dejo esta minihistoria. Espero que os guste :)



DESAMOR

 

Acababa de verle pasar por delante del escaparate y estaba segura de que lo hacía a propósito para pavonearse. En el último año había cambiado, había perdido peso, había cambiado su estilo al vestir y, aunque también se habían acentuado las entradas de su frente, estaba más atractivo que nunca.

No tenía ninguna necesidad de pasar reiteradamente por delante de la tienda, de hecho, de aquella manera tenía que rodear todo el edificio para subir a su piso. El piso que habían compartido cuando todavía eran una familia antes de mudarse al edificio de enfrente como propietarios. Después del divorcio ella se había quedado con los niños en la casa nueva, mientras que él había decidido realquilar su antigua casa, justo en la esquina contraria. Debía reconocer que era mucho más cómodo así, ella se encargaba de los niños hasta que él regresaba de trabajar a las cinco y se los llevaba toda la tarde hasta la hora de cenar. Tenían la custodia compartida, pero nunca la habían respetado, habían encontrado su propio sistema y les funcionaba.

Después de la separación, ella había montado aquel negocio que era toda su vida. Ensueños. Una tienda por y para mujeres, llena de chucherías antiguas, bisutería, ropa, complementos, libros y películas. Un sábado cada quince días se reunían en un club de lectura que había organizado con algunas de sus clientas y amigas donde reían, charlaban, criticaban a sus ex y comentaban libros.

Todo podría ser maravilloso si ella no siguiera enamorada de él.

Al rato volvió a verlo llevando a los niños, miró el reloj y comprobó que había ido a recogerlos de las clases extraescolares. El mayor plantó la cara en el cristal mientras la saludaba con alegría y ella sonrió de manera automática, el pequeño directamente empujó la puerta y corrió hacia ella.

            ―¡Mamá!

Ella le cogió en brazos para besuquearle la cara y se sorprendió cuando los demás entraron también. Dejó al pequeño en el suelo y cruzó los brazos por delante del pecho mirando fijamente a su ex.

            ―Luego quisiera pasarme para hablar contigo ―le dijo mirándola con la misma seriedad que mostraba ella.

            ―¿De qué? Dímelo ahora, luego tengo que ducharlos y preparar algunas cosas para mañana ―le contestó con sequedad.

Le dolía tenerlo tan cerca, escuchar su voz que la acariciaba como un susurro, mirarlo a los ojos y perderse en ellos como había hecho millones de veces, y encontrarse con aquella frialdad, sin saber que él se sentía igual, que mostrarse distante era la única forma que tenía de no abalanzarse sobre ella y zarandearla para que recobrara la cordura y le pidiera que volviera a casa.

            ―Es sobre el cumpleaños de Jose.

            ―¿Qué pasa con eso? Lo haremos como siempre, en la hamburguesería con sus compañeros de clase.

            ―Este año preferiría que…

Se interrumpió cuando varias mujeres entraron en el local. Reprimió un suspiro y llamó a los niños para irse. Quiso decir algo más, pero ella ya estaba atendiendo a sus clientes. Salió dejando que la puerta se cerrara tras él.

            Hacía un año que no se encontraba frente a la puerta de su propia casa y no sabía qué sentía al respecto. Rabia, decepción y sobre todo un profundo dolor en el centro de su pecho que no se aliviaba. Por regla general, cuando no tenía que recoger a los niños de sus clases, llamaba al porterillo del edificio de su mujer y ellos bajaban solos. Se evitaban todo lo que podían y cuando tenían que hablar de algo referente a sus hijos siempre era mediante mensajes. Por eso pasaba cada día delante del escaparate, para verla aunque solo fuera un segundo en la lejanía. La echaba de menos, muchísimo, pero el orgullo no le dejaba reconocer que se había equivocado. Se habían dicho cosas terribles cuando él se marchó, pero a pesar de eso había esperado que ella cediera, como ocurría siempre que discutían. Y así llevaba un año, sin poder olvidar las últimas palabras que le dijo, rota por el llanto y la decepción.

            No pudo evitar una sonrisa al ver su cara de sorpresa cuando abrió la puerta y se lo encontró. Los niños pasaron corriendo al interior de la vivienda entre gritos mientras se quitaban los zapatos y los chaquetones y lo dejaban todo tirado en el suelo.

            ―¿Qué haces aquí?

            ―Te dije que quería comentar contigo el tema del cumpleaños.

Ella abrió la boca sin decir nada y él aprovechó el momento para entrar. Se quitó los zapatos y los colocó en el interior del mueble zapatero, como era su costumbre. Había pensado en quedarse en calcetines, pero sorprendido, vio que sus zapatillas de casa seguían en el mismo sitio. La miró de reojo antes de colocárselas y sintió un nudo en la garganta al ver como ella cerraba de un portazo y entraba en la cocina con los ojos llorosos. La siguió para observarla apoyado en el marco de la puerta, se había cambiado de ropa y ahora llevaba unos cómodos leggins y una camiseta roja con un escote enorme que le mostró gran parte de su piel cuando se agachó para coger una sartén del mueble.

            Estaba preciosa, sin maquillaje, con el pelo recogido con un pasador de cualquier manera. Siempre lo había llevado corto, pero ahora lucía una larga melena rizada en la que deseaba esconder su rostro. Sintió como crecía su excitación y se removió incómodo. No había vuelto a estar con ninguna otra mujer, la sola idea le provocaba repulsa y estaba casi seguro de que ella tampoco había estado con nadie más. Su madre se lo habría dicho, ya que la relación entre ambas se había estrechado más si cabía a raíz de la separación.

            ―¡Jose! ¡Tobi! ¡Quitaos la ropa y a la ducha! ―gritó mientras sacaba distintos ingredientes del frigorífico. ―Di lo que tengas que decir y vete. Tengo muchas cosas que hacer.

            Te echo de menos.

            ―A mi madre le gustaría que este año celebráramos el cumpleaños del niño en su casa.

            ―¿Y por qué no me lo ha dicho ella? Él quiere hacerlo con sus amigos.

            ―No lo sé, no me ha explicado sus motivos. Ha dicho no sé qué de una tarta de fondant o algo así.

            Ella lo miró exasperada moviéndose por la cocina con nerviosismo.

            ―Que haga lo que quiera, no veo por qué no se pueden hacer las dos cosas. ¡Jose, no oigo el agua!

            Ambos se volvieron cuando escucharon al mayor de sus hijos acercarse corriendo vestido tan solo con sus calzoncillos.

            ―¿Puede ducharme papá? ―preguntó mientras lo agarraba de la mano y tironeaba de él hacia el cuarto de baño.

            ―Claro ―contestó su padre sonriendo.

            ―Papi, ¿te vas a quedar con nosotros otra vez?

Él no contestó, la miró a los ojos buscando una respuesta en su mirada, pero no la encontró. Ella no le miraba, estaba concentrada en batir un par de huevos con excesiva energía.

            ―Vamos, anda, que te va a dar frío ―dijo con voz monótona sin dejar entrever su desilusión.

            Cuando desapareció de su vista, ella dejó el tenedor y se sentó en una de las sillas situadas alrededor de la mesa, sintiendo que sus rodillas flaqueaban. No iba a llorar, no le daría la satisfacción de mostrarle que todavía le dolía, no le regalaría más armas para hacerla sufrir.

Tenerlo otra vez en casa, duchando a los niños, observándola mientras hacía la cena, estaba haciendo estragos en su autocontrol. Era capaz de pedirle, no, de suplicarle, que volviera, que la tocara, que la besara hasta hacerle olvidar que existía un mundo más allá de ellos, que volviera a acunarla entre sus brazos, a acariciarle el rostro con su aliento y que la llevara más allá de los límites del placer como sólo él podía hacerlo.

Sintió la primera lágrima resbalar por su mejilla hasta la comisura de la boca y, horrorizada porque él la viera, se la secó de inmediato. Él no la quería, nunca la había respetado ni apoyado. Estaba muy cansada, decepcionada, dolida, de llevar todo el peso sobre sus hombros, de ser siempre la culpable, de esperar un gesto que nunca llegaba y después de todos los problemas, de todas las cosas que habían superado juntos, jamás le perdonaría su orgullo. Nunca más volvería a ser esa mujer complaciente y con la cabeza gacha que temía no decir una palabra más alta que otra para que no la abandonaran.

Iba a rehacerse, sin él, aunque se dejara el corazón y el alma por el camino.

Los escuchó reír a los tres desde el otro lado del pasillo y se levantó para concentrarse en la cena. Diez minutos más de tortura y él se marcharía.

Se equivocó. No sólo se quedó a cenar, sino que también acostó a los niños por insistencia de éstos. Durante una hora volvieron a ser la familia que habían sido y fue la peor hora que había vivido en el último año.

Fran cerró la puerta del dormitorio de los pequeños y se metió las manos en los bolsillos del pantalón, andando con lentitud hacia el salón. Nunca había pedido perdón, no sabía cómo hacerlo, le daba una vergüenza horrorosa rebajarse de esa manera, pero cuando la vio dormida en el sofá, supo que haría cualquier cosa para recuperarla, aunque tuviera que arrodillarse y suplicar.

Sonrió al escuchar su suave ronquido mientras se acercaba a ella. Tenía la boca entreabierta y el pelo extendido sobre el brazo del sofá, los brazos entrelazados sobre el pecho, que subía y bajaba al ritmo de su respiración y el escote de la camiseta caído sobre su hombro, mostrando el nacimiento de su pecho. Con los ojos velados de pasión por ella se inclinó para rozar sus labios con los suyos y un chispazo le sobrecogió provocando que cerrara los ojos. Ella suspiró y levantó un brazo para atraerlo hacia sí provocando que el beso se volviera exigente y apasionado. Él dejó escapar un quejido mientras se tumbaba sobre ella, cegado por el deseo que había reprimido demasiado tiempo.

―Fran…

―Estoy aquí, no dejes que me vaya, por favor…

Ella se despertó por completo cuando sintió una mano invasora dentro de su ropa interior y le dio un empujón para apartarle, sobresaltada.

―Andrea…

―¿Qué estás haciendo?

―Yo…

Las palabras se le atascaron en la garganta mientras ella lo miraba como lo había hecho antes, con esperanza, con miedo, con amor. Pero enseguida su expresión cambió a una de profundo dolor cuando él no dijo las palabras que tanto había ansiado escuchar.

―No me hagas esto. Por favor, vete. Vete ―le pidió con la voz entrecortada mientras se ponía de pie alejándose todo lo posible de él.

―Andrea, por favor…

―¡Vete!

Él cogió su chaquetón y salió sin decir nada más dejándola completamente destrozada y más sola que nunca.

 

Jugueteaba con la cucharilla del café mientras miraba hacia la calle absorta, rememorando una y otra vez lo ocurrido la noche anterior. No había querido quedarse dormida, pero el cansancio había podido más que su fuerza de voluntad y había soñado con él, por eso no le había extrañado en un principio sentir aquellos besos que siempre la hacían estremecer. Después de que se marchara no había conseguido conciliar el sueño y se había pasado el resto de la noche llorando como una idiota, por eso hizo una mueca cuando vio a su amiga Eva atravesar el umbral. Estaba segura de que no tardaría en comentar algo sobre el aspecto que mostraba esa mañana. Había intentado disimular las ojeras con un poco de maquillaje, pero ni toda la chapa y pintura del mundo podían hacer desaparecer el sufrimiento de su mirada.

―¡Jesús! ¿Te ha atropellado un autobús esta mañana? Tienes una cara espantosa ―exclamó nada más acercarse hasta el sillón donde intentaba tomarse un café.

Esa mañana no había mucho trabajo y se había sentado a descansar en el rincón de lectura que había dispuesto en un espacio de la tienda.

―Gracias ―respondió haciendo una mueca.

―¿Qué pasa? ―le preguntó arrodillándose a su lado con preocupación. Ella había sido testigo directo de todo el proceso de separación de Andrea y Fran y era consciente de que la depresión que había sufrido no había desaparecido del todo. ―¿Fran?

―Anoche estuvo en casa, cenando, acostando a los niños… como si nunca se hubiera ido. Y me besó y creí que todo iba a volver a ser como antes, pero no. Tengo que hacerme a la idea de una vez que nunca recuperaremos lo que teníamos.

―¡Ya es hora de seguir con tu vida! ¡Por eso he venido! ―dijo con una enorme sonrisa haciendo que Andrea la mirara llena de pánico.

―¿Qué has hecho?

―¡Buscarte una cita! El sábado por la noche, en el restaurante del Hotel Santa Paula.

―¡No! No, no y no. ¡No voy a quedar con otro hombre! ¿Te has vuelto loca?

Se levantó tan deprisa que derramó parte del café sobre su blusa.

            ―Debes ir. Es un hombre estupendo que está deseando conocerte. No tiene por qué pasar nada más a parte de una cena, si no te gusta no tienes que volver a quedar con él. Necesitas hacer esto, necesitas demostrarte a ti misma que la vida sigue, que hay un millón de hombres ahí fuera esperando a conocer a una mujer tan especial como tú. No puedes encerrarte a la vida.

            ―Pero Eva…

            ―No tienes que enamorarte el sábado, ¿vale? Te vendrá bien salir sola, deja a los niños con tu suegra, no le importará, y diviértete. ¡Lo necesitas!

            ―No puedo…, no voy a poder, me muero de la vergüenza.

            ―Ponte guapísima y espectacular, ¿me lo prometes?

Andrea atinó a asentir con la cabeza pensando que ella estaba más loca que su amiga, si es que eso era posible.

 

            Se había puesto un vestido. Hacía años que no lo hacía, pero Eva no había dejado de insistir en que se arreglara y pensó que el vestido era muy elegante. De color gris oscuro le llegaba por encima de las rodillas, con escote en barco y un fino cinturón rojo como adorno. Era muy sencillo pero resaltaba su reciente figura de reloj de arena con veinte kilos menos y hacía que se sintiera atractiva.

            Había dejado a los niños con su abuela un rato antes, que la había besado en la mejilla y deseado suerte antes de irse. Seguramente no tardaría en llamar a su hijo para contárselo, pero ya le daba igual. Iba a seguir con su vida sí o sí.

            Se bajó del taxi intentando aparentar una seguridad que no tenía. Hacía una eternidad que no tenía una cita, había estado con su marido más de quince años y nunca le había interesado ningún otro después de conocerlo. Fran había sido su primer y único amor, pero eso terminó y debía dejar de pensar en él de inmediato, no sería de buen gusto pensar en su ex marido mientras intentaba conocer a otro hombre.

            Eva le había dicho que él la esperaría en el restaurante del hotel. Otra broma del destino. En ese mismo lugar había celebrado su primer aniversario de boda.

            Las mesas estaban repletas pero no se escuchaban sonidos estridentes ni alboroto. El murmullo de las conversaciones era agradable y la suave música de fondo ayudaba a propiciar el ambiente romántico, junto a las velas y las rosas que adornaban las mesas.

            ―¿Puedo ayudarla?

Andrea miró al maître un poco avergonzada antes de negar con la cabeza.

            ―Estoy esperando a alguien.

El hombre se alejó diciéndole que no dudara en pedirle ayuda si necesitaba algo y entonces lo vio. Abrió los ojos como platos al reconocerlo, se había puesto de pie dejando a la vista todo su atractivo. Se había puesto un traje negro con corbata que le sentaba como un guante y se había afeitado a conciencia, y en las manos llevaba un gigantesco ramo de margaritas blancas. Nunca, en todos los años que estuvieron juntos le regaló flores, ni siquiera cuando dio a luz. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a parpadear para alejarlas, no iba a empezar a llorar y a que se le corriera la máscara de pestañas delante de todo el restaurante.

            Dio un paso vacilante hacia él, y otro, y otro más hasta que estuvo a su lado y pudo mirarlo a los ojos. Entonces él sonrió y las lágrimas comenzaron a fluir sin remedio.

            ―Estás preciosa ―susurró posando la mano en su cintura para acercarla a él y besarla con suavidad en los labios.

            ―¿Qué esto, Fran? ―preguntó con voz temblorosa, notando como la esperanza se abría camino en su corazón.

            ―Te quiero, Andy. Eres la mujer de mi vida, la única que me conoce de verdad, la que siempre ha estado a mi lado en los buenos y en los malos momentos, y de estos últimos ha habido unos cuantos, eres mi apoyo, la que me da fuerzas cuando la mía se agota, eres mi paz, mi luz, mi amor, y no quiero estar separado de ti ni un solo segundo más durante el resto de mi vida. He sido un gilipollas y sé que te he hecho daño, pero prometo que te compensaré y no dejaré de decirte lo mucho que te quiero, hasta el último día de mi vida. Cariño, por favor, cásate conmigo otra vez.

            Con manos temblorosas sacó un pequeño estuche del bolsillo del pantalón y se lo ofreció en silencio, lleno de angustia esperando su respuesta. Pero ella no podía hablar, ni apartar la mirada del anillo. La primera vez no hubo anillo, ni siquiera le pidió matrimonio, fue algo que surgió como algo natural, pero esta vez todo estaba ocurriendo como lo había soñado.

            ―¿Andy?

Ella le miró a los ojos y le pasó los brazos por el cuello para besarlo mientras él la abrazaba fuerte contra sí sin que le importara que la gente empezara a mirarlos entre risitas. Estaban juntos de nuevo, era lo único que importaba.

            ―No vuelvas a irte jamás.

            ―Jamás ―le aseguró mientras la apartaba para mirarla a los ojos y que ella pudiera ver un mundo lleno de promesas en los suyos.

 

 

           

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